Hay panes que nacieron para aguantar.
La pinsa, por ejemplo, viene de la Antigua Roma.
No de la Roma de las postales, sino de la de soldados con sandalias rotas y campesinos con hambre crónica.
Allí, hace más de dos mil años, mezclaban cereales pobres —trigo, espelta, cebada—, los amasaban con mala leche y los cocían como podían.
Pinsere, en latín, significa aplastar.
Elegante no era.
Eficaz, un rato.
Mientras los patricios se ponían finos con banquetes imposibles, la pinsa era el pan del pueblo.
Un pan irregular, alargado, con burbujas raras y aspecto de haber sobrevivido a una batalla.
Como muchos romanos.
Siglos después, la historia dio un giro bonito. Alguien decidió escuchar al estómago moderno —delicado, quejica y vengativo— y recuperar la idea original: masas largas, fermentaciones lentas, menos gluten, más aire.
La pinsa volvió.
Ligera, crujiente por fuera (gracias a la harina de arroz), casi etérea por dentro.
Acabamos de subir a la web la que vendemos en nuestra tienda física.
Acepta un buen queso como si lo estuviera esperando desde hace dos mil años.
Un Gruyére fundido, una burrata que se desparrama y por supuesto, un queso azul bien puesto.
La pinsa es una resurrección.
Y como todas las resurrecciones bien hechas, merece subir al cielo.