Quesos estoicos

Quesos estoicos

Hay una pregunta que nos hacen cada verano.


Cada día.


Varias veces al día.


¿Me aguantarán bien los quesos hasta casa?


Y detrás de esa pregunta hay una historia.


Alguien que viene de Bilbao en autobús.


Alguien que coge el AVE a Madrid en dos horas.


Alguien que tiene el coche aparcado en el sol desde las once de la mañana.


Alguien que va a Ibiza en barco y no sabemos muy bien qué está pensando.


El queso es un ser vivo.


Respira.


Evoluciona.


Madura.


Y en verano, con treinta y dos grados y el maletero del coche convertido en un horno de leña, evoluciona echando chispas.


Demasiado rápido.


Un Brillat-Savarin en el asiento trasero en agosto no llega a Valladolid.


Un Camembert en el maletero de Gijón a Madrid es otra cosa cuando llegas.


No peor necesariamente.


Pero otra cosa.


Los hay que viajan bien.


El Gamoneu, el Comté, el Parmigiano.


Quesos que han visto cosas.


Que llevan meses o años madurando y un viaje en coche no les va a cambiar la vida.


Estoicos.


Como Marco Aurelio pero en formato cuña.


Y los hay que necesitan más cariño.


Los frescos, los lácticos, los de corteza florida.


Esos viajan mejor en compañía.


La compañía de una bolsa isotérmica y unas piedras de hielo.


Otra idea es comprarlos aquí.


Que para eso estamos.


Desde Gijón hasta donde estés.


Sin pasar por el maletero a treinta y dos grados centigrados

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