En el verano de 1816 Europa parecía una película de terror.
Llovía sin parar.
Hacía frío en pleno julio.
La gente pensaba que el clima se había vuelto loco.
Y, en cierto modo, era verdad.
Un año antes había explotado el volcán Tambora en Indonesia.
La ceniza dio la vuelta al mundo y bloqueó parte de la luz del sol.
Ese año pasó a la historia como “el año sin verano”.
En Suiza, junto al lago Lemán, cuatro jóvenes se refugiaban de las tormentas en una villa llamada Villa Diodati.
Entre ellos estaba una chica de 18 años.
Se llamaba Mary Shelley.
Las noches allí eran largas. Lluvia contra las ventanas. Velas. Libros de fantasmas. Conversaciones sobre ciencia y experimentos eléctricos con cadáveres.
Hasta que alguien lanzó un reto:
—Cada uno tiene que escribir la mejor historia de terror que se le ocurra.
Aquella noche Mary se fue a dormir…
y tuvo una pesadilla.
Vio a un científico inclinado sobre un cuerpo hecho con partes humanas.
De repente, la criatura abría los ojos.
Mary se despertó sobresaltada.
Así nació Frankenstein.
La historia es conocida, pero casi siempre se cuenta mal.
Porque Frankenstein no es el monstruo.
Frankenstein es el científico.
El monstruo ni siquiera tiene nombre.
Y lo más interesante es que en la novela no nace malvado.
Al principio es casi un niño gigante.
Aprende a hablar escuchando a una familia campesina.
Aprende a leer.
Ayuda en secreto a quienes viven cerca de él.
Hasta que descubre que todos los humanos huyen cuando lo ven.
En un momento del libro le dice a su creador:
“Yo era bueno. La miseria me convirtió en un demonio.”
Es decir: el verdadero problema nunca fue crear al monstruo.
Fue abandonarlo.
Frankenstein huye despavorido de su propio laboratorio.
Crear vida era emocionante.
Responsabilizarse de ella… ya no tanto.
Años después el cine añadió otro personaje famoso: la novia de Frankenstein.
Una criatura creada también con partes humanas, pensada para que el monstruo no estuviera solo.
Pero cuando despierta y lo ve…
grita.
Ni siquiera su compañera lo acepta.
Si lo piensas, toda la historia de Frankenstein es una historia sobre algo muy humano:
el miedo a no ser querido.
Y sobre otra cosa aún más moderna:
crear algo…
y luego no saber qué hacer con ello.
Tecnología.
Ideas.
Hijos.
Proyectos.
Mary Shelley escribió todo eso con 18 años.
Nada mal para una pesadilla.
Por cierto.
En La Quesería vemos a menudo otro tipo de criaturas olvidadas.
No son monstruos.
Son esos trozos de queso que se quedan al fondo de la nevera hasta parecer fósiles de Jurassic Park.
Y es una pena porque un buen queso está hecho para cortarlo compartirlo y disfrutarlo mientras está en su mejor momento.
Aquí puedes encontrar unos cuantos que todavía no se han convertido en monstruos.
No necesitarás electricidad ni tormentas para devolverlos a la vida.
Solo un cuchillo…
y un poco de hambre.